VI. lunes, noche
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No
salí a la calle este fin de semana. Todos esos recuerdos de tiempo pasado en el
Conservatorio me deprimieron mucho, de nuevo me sentí como el peor hombre del mundo.
Vale,
no es que tuviera una mejor opinión de mí mismo antes… ¿pero me entendéis, eh?
Quiero decir que me sentí peor de lo habitual, como si desde ese día ya no pudiera
tocar las teclas.
Por
lo menos soy capaz de trabajar.
Mi
primera conclusión: hoy es lunes y no está mal. Mi conclusión al final del día:
hoy es lunes y que se termine lo antes posible.
Las
actividades prosaicas me dejaron escapar de pensamientos desagradables. ¡Gracias
a cientos de platos sucios, gracias a cadena interminable de clientes para atender,
gracias a las mesas pegajosas! ¡Qué alivio no molestarme con mis divagaciones
oscuras!
Estaba
manejando la caja fiscal cuando de repente vi a André, mi compañero del
Conservatorio. Me saludó e enseguida se alineó en la cola. No sé por qué me
sorprendió tanto verlo, trabajo en la cafeteria en el centro de París, pues es
natural que día u otro me encontraré con alguien conocido por casualidad. En
suma me alegró verlo.
–
¡Hola, Watkin, orgullo de todos los camareros franceses! – gritó alegremente y extendió
sus brazos para abrazarme – ¡tanto tiempo sin verte!
–
¡Bonjour, André, sí, demasiado tiempo sin vernos – le dio una palmada en las
espaldas – ¿Qué desea un hombre tan respetable como usted?
Estalló
de risa, así que todavía puedo hacerlo reír, como en el pasado cuando éramos estudiantes.
–
Ni siquiera sabes cuánto extrañaba tu sentido del humor específico, Jones. Un
cappuccino grande, porfa.
–
¡Ya se hace!
Logré
negociar un descanso para el almuerzo más temprano, gracias a que pudimos
sentarnos con cafés.
–
Bueno, ¡dime cómo estás! – inicié una conversación.
–
Bastante bien, no puedo quejarme – se sonrió y miró hacia abajo con timidez –
tengo algo para ti.
Sacó
un billete del bolsillo de su chaqueta, lo puso sobre la mesa y lo acercó
despacio a mí. Kronos Quartet Orchestre, Philharmonie de Paris. Enmudecí.
–
Tenemos un concierto este sábado, ¿vendrás?.... ¿Watkin, te ha comido la lengua
el gato? ¡Ven, da gusto a tu viejo amigo!
–
¡Sí, claro, sin dudas! Perdóname este silencio, es que me has sorprendido un
poco – sonreí extraviadamente – Realmente lo haces bastante bien, ya que tocas
el saxofón en una de las bandas francesas más populares…
–
Gracias, hablando francamente, me convertí en parte de su band totalmente por
casualidad. Hace unos dos meses un amigo mío me dijo que estaban buscando un
saxofonista, tuvieron una pelea con el anterior y necesitaban encontrar un
reemplazo lo antes posible. Vine a sus audición y de alguna manera ya he quedado con ellos – esta sonrisa modesta de nuevo – ¡pero ahora tú!
–
Qué puedo decir… trabajo aquí casi un año, vivo donde vivía antes, no hay drama
ninguna – traté de sonreír, pero en lugar de eso solo hice muecas.
La
cara de André se puso tiesa.
–
Pero…¿no has tomado nada?
–
¡No, tranquilo, tranquilo, nada de eso! Simplemente no pasa nada especial, vivo
la vida ordinaria…
–
¿Y sabes lo de Paco? – preguntó cautelosamente.
–
¿De Paco? No, no lo he visto desde la última vez, ¿qué pasa con él?
–
Pues… está muerto. Sobredosió la morfina. El funeral fue el viernes pasado… quería
encontrarme contigo antes, pero… – miró al techo para detener las lágrimas.
No
sabía que decir. En situaciones como ésta, cada palabra suena estúpida, no suena
de la manera que debería sonar.
–
Lo entiendo, no me discuples – suspiré pesadamente – ¿y está claro que no…qué
no se..?eh, sabes…
–
Nadie sabe si no se suicidiera…no dejó ninguna carta ni nada…¡hostia, tuvo toda
su vida por delante!
Apenas
logré calmar a André. No sé cómo sobreviví hasta el final de mi turno. Tampoco
sé de dónde tuvi las fuerzas para escribirlo todo.
Me temo de la muerte. Suena banal, claro, pero me importa un rábano. La imagino como una mujer joven y
hermosa, pero con algo diabólico en la cara, algo que te congela de tal manera
que no puedes ni pensar sobre moverte...
Podría ser yo, el “antiguo yo”...
¿Podría o continuamente puede?



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