X. sábado, noche


fuente: archivo de la autora


Hice una cita con ella a las 13:00. Especialmente para este motivo tomé un día libre en el trabajo. Levanté suficientemente temprano para aspirar cada rincón de la habitación, desempolvar cada alféizar, cada mueble y cada estantería, limpiar todas las ventanas y organizar todas mis cosas con cuidado. Esta limpieza me costó muchísimo esfuerzo, pero la satisfacción después de todo este trabajo arduo fue increíble. A las 11:30 ya estuve listo para que ella viniera. Contento conmigo mismo, me tendí en el sofá con un libro en la mano. Estuve a punto de comenzar mi lectura cuando sonó el teléfono. Miré en la pantalla con enojo. Mamá. “Se pronostica una letanía de reproches” suspiré pesadamente.

–Hola, mamá, lamento mucho no haberte llamado pero últimamente había mucho en qué pensar...
–¡Ni siquiera me pongas nerviosa! No voy a creer que no tuvieras ni cinco minutos para hablar conmigo, Watkin. ¿Te das cuenta de cuánto tiempo no has puesto en contacto con tu familia?
–No lo sé, mamá, pero en serio lo siento tanto...
–No voy a tener en cuenta tu opinión en esto–ella me interrumpió en mitad de la palabra–¡no has conversado un momento conmigo desde diecinueve días! Y no me llamarías hasta ahora sin ningunos remordimientos, no tengo dudas con respecto a esto.
–Tienes razón, no te llamaría hoy porque tengo una cita con una chica fascinante. Perdóname esta última vez, porfa.
–Estoy perdiendo la paciencia contigo, hijo. Ten respeto por mí porque no dé  la cara por mí misma.
–Lo siento otra vez. Voy a cambiarme, te lo prometo.
–Ojalá así sea, Watkin.
Se desconectó sin despedida. Fatalmente.

Esa conversación me deprimió mucho. Traté de fingir ante Carmen que no había pasado nada, pero ella notó enseguida que estaba escondiendo un secreto.

–Watkin, ¿qué pasa? No finjas que todo está bien, porfa, se puede ver que estás peleándote por algo.
–No es nada, simplemente no había hablado con mi madre por mucho tiempo y ella me llamó hace una hora y media, muy enojada y desilusionada. No me extraña su ira, soy un hijo desesperante...
–Bueno, no te lamentes de ti mismo sino recuerda hablar con ella regularmente, una vez por la semana o algo así.
–¡Si, señora, tu consejo es mi orden!–saludé a la consejera hermosa–ahora dáme tu abrigo y tu bufanda, por favor. Te invito cordialmente en mi humilde morada.
–Vale, señor cómico–se burló de mi y me pasó su ropa.

A ella le encantó mucho toda la ormentación de mi piso (sin mencionar el orden perfecto). Elogió mi coleccón de vinilos, el cartel con Duke Ellington, las flores de maceta, el gran balcón entrelazado con la hiedra y la alfombra azteca. Le ofrecí el café y un momento después nos sentamos en el sofá con las tazas en nuestros manos, sumergidos en la conversación.

–¿Desde cuándo vives en Francia?
–Desde tres años, ¿y tú?
–Un poco más largo, me mudé aquí hace cinco años. La mejor decisión en mi vida.
–Qué suerte tienes...yo no estoy seguro de haber hecho lo correcto.
–¡Leñe! ¿Por qué?–se sorprendió.
–Imaginaba mi vida aquí de lo contrario a mi situación actual...es que llegaba a París lleno de sueños sobre gran fama y acabé como un camarero y músico callejero. Quería terminar el Conservatorio, volverme un pianista sobresaliente y poder mantenerme por la  pasión mía, la música. En vano.
–¿Y por qué no has terminado el Conservatorio?
–No quiero hablar de eso en este momento pero por supuesto te lo diré tarde o temprano.
(Más bien no le gustara la información de que está pasando el tiempo con un ex drogadicto).
–No hay problema. Los hombres misteriosos me interesan más que los que revelan todo. Vale, ¿taz vez ahora te daré una muestra de mis habilidades?
–Con mucho gusto, Carmen–acepté su proposición sin vacilación.

Probablemente lo sonará trivial, pero su voz me hechizó en seguida. Podía cantar los registros altísimos con facilidad y sin ningun problema cambiar de tonos altos a los bajos. Su voz era suave y fuerte al mismo vez. La voz de la niña y la mujer madura, ambas encerradas en sus cuerdas vocales. Pura magia.


Los planes por el domingo eran claro como la luz del día. Yo y ella juntos en alguna calle de París, con el keyboard mío y el micrófono suyo.

Komentarze

Popularne posty