II. viernes, noche

fuente: archivo de usuaria




Lo recuerdo perfectamente.

Estoy bajando del avión. Apenas puedo estar de pie después del viaje tan largo, mi primer vuelo, ¡y enseguida justo este que duró treinta y seis horas! Estoy temblando del frío, el aire acondicionado me hizo la vida imposible. Me siento abrumado por la masa de personas a mi alrededor, el ruido de las voces humanas es ensordecedor. No tengo ni idea donde debería ir para recoger mi maleta, instintivamente estoy dirigiéndome a donde va la multitud. Me paro frente a la cinta negra, como todos los otros. Una mamba negra que está curvándose lentamente, a regañadientes, entre la calmada muchedumbre. Veo las primeras maletas que salen del abismo dentado. De repente estoy inquietándome por una eventualidad que alguien tome mi equipaje, hay tantas maletas negras aquí...¡qué imbécil eres, tenías que pensarlo antes! Debido a estos nervios casi olvido qué aspecto tiene la maleta que estoy aguardando. Seguro que era negra, ¿pero negra-brillante o negra-opaca? ¿Es posible que era negra opaca-brillante?

No sé si no moriré de estrés antes de recoger mi maleta.

En retrospectiva, esta visión me divierte bastante...estoy imaginándome un titular de periódico: “¡Evento espantoso en el aeropuerto de París! Un inmigrante joven no consiguió recoger su equipaje, murió. ¡Cuidado con las colas mortales, si no tienes que volar, quédate en casa!”.
Ahora la veo. A diferencia de mi (sudado), está negra-opaca. No creo haber estado tan feliz antes como en este momento, caminando con ella en mi mano caliente. Vale, ahorita basta encontrar una salida ¡y ya estamos en casa!

Más fácil decirlo que hacerlo, prestando atención al río salvaje de la gente, corriendo a toda velocidad, además, en direcciones totalmenter diferentes.
Logro localizar la inscripción “SALIDA”, así que sé al cual curso del río debería lanzarme. Tomo un respiro hondo, como el nadador justo antes de saltar en la piscina, y me dejo llevar por una ola colorida.

A pesar de todas  las amenazas, yo y mi maletita logramos salir juntos de la opresión.
Esto parece ser la historia de amor más bella que he leído en toda mi vida.

Siento un alivio increíble después de salir de este edificio cristalino, tan glacial y desagradable. El pavimiento inflamado por el sol es como un bálsamo por mis nervios de punta. El zumbido alegre de las conversaciones en la calle es completamente diferente al este enterior, el que se reflejaba de eco metálico, cuyo tono suenaba muy  artificial. El zumbido de la calle es conocido, sino la lengua es otra. Suena natural, amigable. Estoy en casa.



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